Me duele el alma

Me duele hasta el fondo del corazón que al menos 88 personas, jóvenes en su mayoría, han fallecido ahogadas en su intento de alcanzar territorio español en Ceuta.
Me horrorizan esas imágenes de la morgue con sus cadáveres apilados que jamás deberían repetirse.
Me repugna que el gobierno del país vecino del Sur haya utilizado una vez más a las masas de personas empobrecidas como armas arrojadizas contra España, y de paso contra la Comunidad Europea, cuando quiere reforzar sus políticas y sacar beneficios en las relaciones bilaterales. En ese país donde nada se mueve sin que lo sepan sus eficacísimos servicios secretos, que se produzca una avalancha de más de 60.000 personas en pocas horas no es casual ni se puede achacar simplemente a las mafias (las mafias ganan mucho dinero con su repugnante negocio de trata de personas, y aquí no aparece ese supuesto beneficio). Incluso podemos pensar que este enorme movimiento humano se instigó para que la policía española actuara de forma violenta, aumentando así el escándalo y el descrédito de nuestro país ante todo el mundo.
Me indigna que en ese país cercano a lo feudal, donde se calcula que aproximadamente la mitad del dinero pertenece directa o indirectamente a su majestad, o a su familia y allegados, haya miles de personas sin futuro, deseando salir como sea hacia otros lugares donde puedan prosperar, y que ese estado los manipule para quitárselos del medio, usándolos como ariete de sus pretensiones políticas y económicas. Un país rico y próspero y con un sentido de la dignidad debería sentir bochorno al ver a sus nacionales salir corriendo, con la anuencia (o instigación, o por lo menos, pasividad) de sus autoridades.
Me sorprende y me enfada mucho que nuestras autoridades no denuncien esa realidad y no señalen a los auténticos alentadores de lo que ha pasado, o incluso los disculpen. Me alarma pensar que nuestros responsables tengan algún tipo de compromiso inconfesable con los culpables.
Me duele infinitamente ver esas imágenes de auténticas cacerías humanas en las calles de Ceuta, que nunca hubiéramos pensado ver en nuestro país. Siento vergüenza y una tristeza infinita.
Me ofende constatar que este drama humano (de los fallecidos y sus familias lo primero, de los inmigrantes que intentaron pasar de esta manera, posiblemente engañados, pero al mismo tiempo deseando encontrar un futuro mejor, de los ciudadanos de Ceuta…) sea utilizado como arma de combate político por parte de personas y grupos políticos y comentaristas de uno y otro signo. Me asquea profundísimamente leer algunas crónicas claramente xenófobas (algunas abiertamente delictivas), y me dan náuseas las salvajadas que se escriben como comentarios anónimos a las noticias en los periódicos, algunos incluso proclamándose católicos. Y me pregunto por qué nuestras autoridades no actúan de oficio denunciando a los medios que permiten esos mensajes de odio.
Me duele que esta Europa se empeñe en mantenerse como una fortaleza ajena al mundo, un mundo en gran medida empobrecido por los procesos históricos que nos hicieron ricos a nosotros y pobres a ellos (colonialismo, reparto de África, esclavitud, guerras y comercio de armas, comercio desigual…). Me repugna pensar que nuestra política europea no busque solucionar la acuciante necesidad de emigrar de tantos miles de personas ayudando a corregir las increíbles desigualdades en que se basa el comercio mundial, sino poniendo más muros, barreras, y filtros (y además, proclamando sin vergüenza ninguna que queremos que venga la emigración “cualificada y de calidad”. ¡Encima les queremos robar a los más capaces!).
Llamemos a las cosas por su nombre. Los sucesos de Ceuta son lo que son: la utilización torticera por unas autoridades mafiosas de las personas empobrecidas para reforzar sus intereses internacionales. Lo de Ceuta no es “la emigración” sino una cosificación de los migrantes y una utilización de su miseria para mayor beneficio de los responsables de que su país sea tan desigual.
Que no nos engañen y nos hagan caer en la trampa. El auténtico drama de la emigración tiene que ver con las desigualdades, con la miseria, con las guerras, con el comercio desigual. Y nosotros, nos guste o no, estamos en el lugar de los países privilegiados. A ver si se nos mete en el melón (perdónenme la retranca) que mientras haya desigualdades tan flagrantes, nuestra tierra será vista como el objetivo a alcanzar por millones de personas empobrecidas, por muchos muros que pongamos. No ha habido muralla alguna en la historia que haya contenido la emigración, salvo temporalmente y con la consecuencia de convertirse en estados criminales y dictaduras atroces.
Es muy preocupante que este terrible incidente haya hecho aflorar con toda su crudeza los sentimientos de rechazo, de desprecio, de criminalización de todos los inmigrantes, y también de odio a los que quieren hacer más humana la situación de los empobrecidos que llegan hasta nuestras tierras. Han aparecido fantasmas muy peligrosos que costará trabajo que desaparezcan.
Bajo ninguna circunstancia debemos olvidar que los cristianos tenemos este mandato evangélico: Fui forastero y me acogisteis. No está entre nuestras opciones mirar para otro lado. No nos debemos dejar engatusar por esta manipulación. Porque lo de Ceuta fue una manipulación, pero una manipulación pone ante nuestros ojos la falta de esperanza y de horizontes de miles de personas.
A los que están a nuestro lado y han venido de fuera, nuestro deber como cristianos es mirarles a los ojos como iguales, como personas que son como nosotros y nuestros hijos, y ayudarles a que puedan desarrollar su vida entre nosotros dignamente y como ciudadanos honestos y responsables, que es lo que desean en su inmensísima mayoría.
Y pese a los que quisieran una Iglesia mirando para otro lado o bendiciendo los muros y las exclusiones, los cristianos asturianos podemos recordar que nada menos que en nuestra querida Iglesia Catedral de Oviedo, en su fachada, aparece esta inscripción: YGLESIA DE ASILO.
No podemos dejar de serlo, nos va en ello nuestra identidad cristiana y la fidelidad a Nuestro Señor. Aunque algunos fanáticos nos señalen.

José del Riego
Responsable del Secretariado de Migraciones